Buscar
Destacados

Mariana, Wanda y Carmen vs. Grey

En tiempos donde cualquier libro es calificado como erótico nos permitimos invitarte al mundo de dos mexicanos que con sus historias construyeron espacios y momentos que te erizarán la piel.

No he leído Cincuenta sombras de Grey. Mi hermana sí. Basándome en la opinión de que es “literatura erótica para señoras casadas” o, digamos, mujeres de más de treinta, le dije que mejor leyera los cuentos de Inés Arredondo (1928-1989). Tal vez me faltó esgrimir mis mejores argumentos porque no me hizo caso. Veamos si ahora la puedo convencer.

Empezaré por el morbo escandaloso del bondage sadomasoquista (BDSM) que tan famosa ha hecho la saga de E.L. James. Hay un cuento de Arredondo titulado “Mariana” donde se trasluce algo parecido, pero más escabroso —arcano o primitivo—, y no es la relación “prohibida” entre una niña de sexto de primaria y un universitario, sino la muerte de ella a manos de un total desconocido, quien, por complacerla, la ahoga de más, por accidente, durante el acto sexual. En palabras de Fernando, su esposo (sí, esposo con boda de vestido blanco y azahares), Mariana inició con los encuentros casuales y anónimos por buscarlo a él que, encarcelado y privado de ella, no podía satisfacerla: “A mí, a fuerza de tratamiento, terminaron por quitarme todo lo que me hacía bien: sexo, fuerza, la alegría del animal sano, y me dejaron a solas con lo que pienso y nunca les diré. A ella, la abandonaron a su pasión sin respuesta”.

Mariana

Eso. Se trata de pasión narrada de una manera fantástica y secretamente erótica. Fantástica por lo bien escrita y por ese repentino quiebre en tono y tiempo que, de una trama lineal donde la narradora recuerda sus días escolares con Mariana, nos deja con retazos de una memoria agrietada, estupefacta ante el féretro de la amiga y de talante inquisitivo, ávido de una explicación que sólo los presos en sus celdas le pueden dar y que, sin embargo, siempre estuvo ahí, en “el labio de abajo hinchado y con una herida del lado izquierdo, cerca de la comisura”. Secretamente erótica por el vacío en la mirada de ella, una mirada que Fernando ansiaba con frenesí llenar y poseer, por el ambiente marino, de sal y noche, porque el secreto de Mariana nunca es expuesto, es callado, es absoluto.

Inés-Arredondo

“¿Te das cuenta de que nunca la vimos besar a Fernando? Y los hemos visto a los otros, hasta a los adúlteros, alguna vez, en la madrugada, pero a ellos no; lo que hacían era irse para acariciarse en secreto. [….] El tiempo lento y frenético de Mariana era hacia adentro, en profundidad, no transcurría. Un tanteo a ciegas, en el que no tenía nada que hacer la inteligencia.”

En la lógica del deseo, sólo muriendo se vive. Dejas de ser para serlo todo. Hay que vaciarse para ser llenado, ausentarse para ser más amado. “Y sí, hubo un instante en que sus ojos vacíos, fijos en los míos, me llenaron de aquello desconocido, más allá de ella y de mí, un abismo en el que yo no sabía mirar, en el que me perdí como en una noche terrible.”

arredondo-ines51d1c16e5c29d_500h

La verdad, no iba a escribir sobre “Mariana”. Sin embargo, algo me impulsó a hacerlo. Y es gracias al estero —locus amoenus viscoso— donde Fernando descubre el éxtasis en los ojos anegados, sumergidos, de Mariana que podemos hablar de otro cuento fantástico e intempestivo, de amor adolescente, de Arredondo: “Wanda”, la sirena —mujer de agua y arena— que empapó las noches de Raúl en el jacalito.

Era verano. Raúl se entretenía jugando con Anita, su hermana, a lo que ella quisiera. Almorzaba, se bañaba, iba de pesca con los vecinos. Pero dormía en un cuarto aparte, fuera de la casa. La primera noche ve una aparición: un cuerpo desnudo junto a la puerta que, luego, se recuesta a su lado y le hace soñar con aguas profundas. La noche siguiente: “La marejada nocturna. El grito asfixiado. El beso: Wanda. [….] Los dedos se deslizaban con sus delicadas puntas sobre su pecho. El largo pelo mojado se fue enredando por sus orejas y su nariz, por sus ingles, sus piernas y una boca hambrienta, con calor de rosa se apoderó de la suya. La mujer murmura como el mar, sube y baja, hace serpentear las olas sobre la playa, una onda destruye a la otra; le acaricia con su mano larga y sedosa. Luego cayó en un abandono sin peso, pero una fuerza muy poderosa emanaba de aquella distensión completa”. Movimiento ascendente-descendente, una mano que acaricia y el dulce letargo final. Sábanas manchadas. Wanda promete regresar todas las noches y Raúl pide quedarse unas semanas más, solo, que sus padres regresen sin preocupaciones porque Rodolfo, el vigilante, se ha ofrecido a cuidarlo.

silvinaocampo_web

Hasta aquí, incluida la visita pagada por Rodolfo para que Raúl aprendiera “las cosas como son”, leemos una mezcla entre historia iniciática de crecimiento y relato fantástico. ¿Wanda existe? ¿Será un sueño mojado de Raúl? ¡Exacto! El cuento entero está construido sobre los visos poéticos de la expresión ‘sueño mojado’: una mujer ideal, nocturna, mojada. Que sabe los secretos del mar y del amor. Que se desvanece al llegar la madurez. Cuando ya no hay más misterio ni ensoñación; cuando el deseo se esfuma. Wanda ya no regresa.

Raúl pasa la noche en vela esperándola. Desesperado, quiere sumergirse en el mar; busca, sus “ojos, desorbitados, se inundan de un agua espesa”. Y termina en tragedia.

La introducción de la carne, de la llaneza adulta en términos sexuales (quasi biológicos), no consigue más que traición, abandono y muerte. He ahí un juicio demasiado severo para reflexionar.

431_19

Ahora, cambiemos de mirada mas no de tema. “Retrato de un amor adolescente” es un cuento escrito por Juan García Ponce (1932-2003) en 1995. A diferencia del recato nada inocente de Arredondo, García Ponce traza una ruta in crescendo de la cortina del balcón, “la imagen tras la ventana”, a la entrega total, sin reparo, cuerpo a cuerpo, en la ribera. Diego levanta la vista siempre que llega a la esquina donde espera el camión para ir a la escuela; allí está ella. Ojos negros, nariz perfilada, cabello castaño, cara ovalada, apenas un sueño, revuelto con otros sueños de mujeres en las noches ardientes de Diego. Un día, se topan en la acera. “La vio en la calle cuando menos lo esperaba. Lejos de su casa; lejos de la escuela de él; lejos de cualquiera de sus caminos habituales. Podía no haberla encontrado. Sin embargo, ahí estaba: sola y en la calle. Avanzaba en dirección contraria a él: avanzaba, por tanto, hacia él. Sus caminos iban a cruzarse. Fue un instante total.”

tumblr_static_tumblr_static_39yev7rge94w40wk4kockgckk_640

Recomiendo que fijen su atención en la lejanía del momento: lejos de lo esperado, de lugares conocidos, de personas conocidas, casi aislados, sin nadie en rededor. Es el cruce el que rompe el espacio y, aún así, el narrador minimiza cualquier clase de movimiento para entregarnos un “instante total”, una fotografía de algo trascendental, cósmico, irrepetible: el primer encuentro. Debo añadir, además, un lugar común en la crítica de García Ponce: la imagen repetitiva —leitmotiv— antes, durante e incluso después del enamoramiento como indicio perenne del deseo. No sólo está en la descripción de la muchacha oculta, está en la construcción permanente de imágenes —no sombras— en torno de los protagonistas: la espera del camión, el balcón, la calle, el parque, el río.

GarcaPonceJuan-Congato-

“Después, las manos de ella y las de él estaban entrelazadas. ¿Así de simple? Así de simple es la vida, por eso es tan compleja. Todas las posibilidades se encierran en un acontecer. Ésa es la única verdad absoluta, o sea una ausencia de verdades absolutas y un infinito número de posibilidades que al realizarse toman el carácter de verdad absoluta. Podían no haberse encontrado nunca y no obstante se encontraron; podían haberse encontrado de una manera diferente y no obstante se encontraron de esa manera. Lo que hablaron puede ser banal; ellos, Carmen y Diego, no repararon en su carácter, sólo estaban hablando cosas que parecían haberse dicho ya y que no parecían tener fin y la mano de Carmen ya estaba en la de Diego y el camino hasta la casa de Carmen no fue largo ni corto, no se hallaba dentro del espacio ni del tiempo. Esto ocurre en los encuentros: sólo existen para sus protagonistas y ellos no lo advierten. Por ellos, el mundo tiene una radiante y ligera intensidad. Pero esa intensidad es la de siempre, le pertenece inmutable y por derecho propio.”

banner2

Este pasaje puede ser Irreal, simple, burdo, incluso cursi, pero profundamente erótico y simbólico (versando sobre lo absoluto y las posibilidades, sobre el encuentro con lógica, tiempo y espacios propios). Tras una comunión espiritual intensa —nacida de la vista, sostenida en un leve toque—, el acto amoroso posterior, con sus manos, cuellos, pechos y piernas al descubierto (y no, porque la naturaleza los protege) es sumamente íntimo, nada pornográfico (y sí, porque el narrador extradiegético y nosotros, lectores voyeurs, observamos con detalle las caricias), y no tiene nada que ver con la razón, más bien responde a una inercia involuntaria, azarosa por haber visto a Carmen en el balcón, predestinada por la sencillez en el devenir amoroso, en la reunión de las almas. Y quiero hacer énfasis en esto: el sexo sin intimidad no es nada; con intimidad, lo es todo.

Finalmente, los escritores mexicanos de los sesenta no eran tan inocentes, ¿verdad?
Pero de García Ponce no le hablo a mi hermana porque es sólo para iniciados. Así que ya saben, en respuesta a la penumbra grisácea del blockbuster tan anticipado de Hollywood/UK, pueden elegir incendiarse en la radiante luminosidad del calor playero de Inés Arredondo o tumbarse en la tierra fresca y húmeda bajo el puente de eucaliptos, junto al río, de Juan García Ponce.

Por cierto, ambos tienen sus obras reunidas en el Fondo de Cultura Económica.*

Comenta
The following two tabs change content below.

Andrea Torres

Latest posts by Andrea Torres (see all)

Deja un comentario

Tu dirección de correo no será publicada.


*