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[Reseña] ‘The Revenant’, cuando la fotografía no es suficiente

La nueva película de Alejandro González Iñárritu, protagonizada por Leonardo DiCaprio, es una obra magistral en cuanto a la técnica, pero la historia…

Por Tania Aguilera

La cinta más reciente de Alejandro González Iñárritu no es para todos: su contenido es visceral, sus movimientos de cámara vertiginosos y algunas de las escenas resultan asquerosas.

Las imágenes que el mexicano creó junto con Emmanuel Lubezki llevan al espectador constantemente de la fascinación por los impresionantes paisajes, al terror por la experiencia vivida de Hugh Glass, un mítico personaje del folclor estadounidense que fue atacado por un oso y sobrevivió milagrosamente.

Es gracias a estas escenas, algunas de ellas muestra magistral de la técnica cinematográfica del equipo del Negro y el Chivo –como se les conoce a Iñárritu y a Lubezki-, que la película impresiona al espectador, lo vuelve consciente de su pequeño lugar en el mundo y lo ataca.

Sin embargo, ni la historia ni el guión alcanzan la maestría de las imágenes. Más bien se quedan cortas frente al sobrecogedor despliegue visual.

Glass, interpretado por Leonardo DiCaprio -quien ganó el Globo de Oro a mejor actor dramático por esta cinta-, es un hombre que sobrevive hasta lo imposible gracias a su sed de venganza.

En un intento por humanizar al personaje, le dieron una esposa y un hijo (de los que no hay registro en recuentos previos de Glass) y los convirtieron en el motor de su voluntad. Pero a través de las casi tres horas de película, no hay mucha explicación sobre su relación con la esposa y los sentimientos que ella le despierta.

Esta extraña relación distrae más de lo que aporta y recuerda a la clásica leyenda de John Smith y Pocahontas, lo que parece innecesario frente al resto de la narración.

Los personajes carecen de profundidad, y a pesar de las excelentes actuaciones -como la de Tom Hardy, el antagonista que podría robarse la historia-, no logran capturar el espectador por completo.

Los diálogos, casi nulos para DiCaprio, abusan de los lugares comunes y frases como “cuando hay una tormenta, y te paras frente a un árbol, si ves sus ramas jurarías que se va a caer, pero si miras el tronco, verás su estabilidad”, resultan cursis; de hecho chocan con la profundidad contenida en la cinematografía, sacando al espectador del ensueño pesadillesco que proveen las impresionantes locaciones en Canadá y Argentina.

A pesar de esto, es fácil ver por qué la película ha fascinado a tantos. Cuando no hay diálogos malogrados, el espectador se convierte en Hugh Glass. La buena actuación física de DiCaprio, los movimientos de cámara, la inmensidad de un desierto de hielo, se viven como experiencias propias.

El elenco y el equipo de producción se vieron expuestos a ocho meses de cruento invierno. En esta ocasión, cuando los personajes tienen frío, los actores también. Si bien la actuación de DiCaprio es impresionante, es Hardy quien su funde por completo en su personaje de villano, al punto de volverse irreconocible.

La filmación se llevó a cabo durante pocas horas cada día por la insistencia de trabajar únicamente con luz natural y ganar en el realismo. Otro mérito de Iñárritu: ser obsesivo con tal de darnos un resultado memorable.

Si bien no es la mejor película del director mexicano (claro, en gustos se rompen géneros), sí es un evento cinematográfico que ningún amante del séptimo arte debe perderse.

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