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Tierra de Temporal

Guillermo Arriaga Fernández, pasos de libertad

Rojo, cálido carmesí que inunda las retinas, sutil color ataviado de fortaleza.

Rojo, néctar de vida, ardiente río de fulgor hecho sangre. Rojo, sinónimo de pasión y entrega.

Rojo, el corazón en contraste perfecto con el alma. Rojo, el jadeante faldón de la Tierra Madre,

cansada matriarca que al mundo regala héroes hechos de carne y hueso.

Rojo, el imponente color del siempre señorial telón, gendarme que aguarda la tercera llamada, lienzo que enmarca la valiosa obra dancística de Guillermo Arriaga Fernández.

Nacido en México el 4 de julio de 1926, Arriaga Fernández se mostró ávido de conocimiento e investigación desde una tierna edad. Bellas Artes, el majestuoso coloso de mármol, direccionó sus pasos y su interés por la danza.

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Fue miembro y fundador de la Academia de la Danza Mexicana, centro de formación dancística por excelencia en México, incluso antes de lo que hoy conocemos como el Centro Nacional de las Artes.
Impulsor de la creación nacionalista, proveedor de recursos dancísticos a jóvenes talentos, como la afamada Gloria Contreras, educó con la disciplina e innovación del mexicanísimo José Limón, de quien pudo absorber la intensidad y la capacidad de investigación coreográfica, así como las pautas de nuevos métodos de entrenamiento hoy mundialmente reconocidos en el argot de la danza global como ‘técnica Limón’.

Escritor, bailarín, compositor y coreógrafo, Arriaga Fernández plasmó en colores nacionales la idílica intensidad de la danza mexicana, siempre férrea, siempre amante de la pasión.
Coreógrafo de vida, perfecto seductor de la protesta, la pasión y el sentimiento desbordado en sudores de escenario.

Fue Miguel Covarrubias quien respaldó su entusiasmo dancístico, al mismo tiempo que José Pablo Moncayo lo inspiraba con su “Tierra de Temporal”, para dar vida y dejar más presente que nunca la garra de la nacionalidad en la magnánima pieza “Zapata”.

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“Zapata”, fundamental para México y el mexicano, episteme de la garra, la pasión y la imponente lucha por la libertad, logra conjugar, en la impactante fuerza de un pas de deux, plasticidad y pasión, el siempre anhelado ímpetu del bailarín, la danza y su incalculable punto de belleza.
Arriaga Fernández muestra, en el efímero paso de los minutos coreográficos, la cándida voz de la Tierra Madre hecha oración, nación y vida.

La hoy y siempre vívida necesidad de cambio y libertad en un escenario atemporal de injusticias sociales.

Es Olga Rodríguez, primerísima bailarina del Taller Coreográfico de la UNAM, quien hoy interpreta en ecuanimidad y hetera perfección un apropiado papel en “Tierra y Libertad”. A pie descalzo, enfundada en el color rojo de un faldón, la Nación hecha mujer, convertida en bailarina, provee a su héroe de elementos de lucha.

Encadenada por los bajos poderes del hombre, clama por la preponderante necesidad de una nación libre, soberana y amorosa.

Larga es la lista de triunfos del también escritor, sin embargo, es “Zapata” la pieza que engloba el furor y la protesta de Arriaga Fernández, tonos de lucha en el contexto de una sociedad somnolienta.
Fue en el 2014, durante el transcurrir del 3 de enero, cuando trascendió para brillar como leyenda.
Una estrella que resplandece fulgurante en cada nota, en cada paso de proscenio, cada vez que el mágico creador coreográfico da pie a la pasión, garra transformada en gotas de aclamado sudor, sudor del alma.
Rojo, cálido carmesí que inunda las retinas.

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Rojo, el corazón en contraste perfecto con el alma.

Rojo, el faldón de la Tierra Madre, implorando libertad en los pasos de Zapata.

Rojo, el tono de la rosa que probablemente despidió la grandeza de un grande.

Rojo, el telón eternamente leal al orgullo mexicano hecho coreografía. Zapata vive en los pasos, en la tierra, en el fastuoso legado del siempre mexicano Arriaga Fernández.

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Antonio Luengas

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